domingo, julio 16, 2006

¿Recuerdas aquel campo de frambuesas eterno?

En el fondo del jardín estaba la huerta, el compost y la plantación de frambuesas. En verano cuando empezábamos a pelearnos de aburridos, mamá nos ponía un tupper en la mano a cada uno y nos decía ¡Va, va, va !¡ se me van a cosechar al fondo!
Nehuén y yo bajábamos sin hablar, pensando que la culpa la tenía el otro. Cosechar requería mucha concentración, teníamos que agacharnos, esquivar las espinas y buscar la fruta debajo de las hojas de las plantas. Agarrarla con cuidado porque podía explotar en los dedos y la mancha de frambuesa no sale, o peor, podía irse rodando donde había una caca de perro o al compost. Así, de tanto comer frambuesas, grosellas y boysenberry, se nos pasaba el malhumor.

Mi tupper siempre quedaba más lleno que el de Nehuén. Él siempre comía más que yo.

Cosechar nos distraía, quedábamos horas varados entre las frambuesas los dos charlando. Venía la perra Lulu y se echaba a un costado, por arriba nuestro pasaba la soga de la ropa. Cantábamos canciones de Fito Páez y Mercedes Sosa, pero la preferida y la única que sabíamos entera era Mr jones abrió la puerta, vio a su madre recién muerta y la sangre en el chaleco se limpioooo…

El fondo daba a la casa del vecino, lo espiábamos entre las cañas. Cuando nos animábamos a saltar el cerco nos daba miedo que nos encuentre y volvíamos rápido. Esperábamos un rato y otra vez. Cruzábamos de ida y de vuelta miles de veces.

Después nos metíamos en la huerta y nos comíamos las arvejas crudas al grito de ¡caramelos verdes! mientras abríamos las vainas con la uña.

O jugábamos al pirata y la princesa. Había que poner una manta en el medio del pasto. Yo me paraba encima descalza. Nehuén se iba lejos con mis chancletas en la mano. Yo empezaba a gritar ¡Auxilio! ¡Socorro! Y de pronto él venía corriendo, me alzaba en brazos y me llevaba hasta el caminito de lajas. Me rescataba. Porque a mi me daba impresión pisar el pasto descalza.

Yo tenía vértigo. Pero solo para bajar. La princesa se trepaba sola al árbol y como le daba miedo, el pirata tenía que bajarla. Cuando terminaba de subir miraba para abajo y me quedaba dura. Agarrada al tronco. Nehuén empezaba a probar mecanismos de rescate. Buscaba tablas para hacer una escalera. O una soga. O clavaba tronquitos al árbol para hacer escalones. Yo lo miraba desde mi rama construir, martillar, serruchar. Charlábamos. A veces yo le daba ideas para que pruebe. Otras él se iba a buscar materiales, clavos, martillos y yo me quedaba sola, agarrada al tronco, pensando, se acercaba un pajarito y lo miraba, cuando me dolía la cola, cambiaba de posición con cuidado, y sentía en el estómago los jugos gástricos moverse como si fueran el mar: la adrenalina, esa sensación me llevaba una y otra vez a aceptar subir al árbol para que Nehuén intente bajarme. Nehuén quería ser inventor cuando sea grande.

No se si alguna vez logró bajarme, recuerdo que se hacía de noche y había que traer a mi mamá ¡Tenés que bajar para atrás! Mirando el tronco, buscá con el pie un huequito…eso es, muy bien, ahora el otro…

Nehuén me enseñó a jugar al fútbol. Jugábamos los dos solos a los pases contra una pared. Me enseñó a flexionar las rodillas para atajar, el saque de arco, cabecear. Hacer jueguitos nunca me salió. A el le salían miles. Yo me sentaba en una piedra y los contaba. Se le caía la pelota y empezábamos otra vez. ¿Cuántos me salieron? preguntaba. Nehuén quería ser jugador de fútbol cuando sea grande.

En su casa había un Family Game. Jugábamos al Mario Bross y al Street Fighter. Yo perdía siempre.

También me enseñó a pegar piñas y a escupir lejos y con puntería. Íbamos haciendo marquitas en un poste de luz. Nuestros juegos transcurrían en silencio. Eran momentos muy íntimos. Tranquilos y largos.

Cuando yo estaba en la panza de mi mamá y él era un bebé de un año, sus papás y mis papás vivían juntos en la casita del km 6. Nuestras mamás eran las dos maestras. Nuestros papás los dos artesanos.

Cuando Nehuén tenía 4 o 5 años sus papás se separaron y él se fue a vivir con la mamá a Buenos Aires. Volvía para las vacaciones. Durante años, mucho antes de que en mi casa hubiera teléfono o televisión. Una semana antes de que llegaran Nehuén y su mamá, antes que nadie lo sepa, yo soñaba con él.

Jugábamos al doctor entre las retamas. Teníamos un interés una curiosidad puramente científica. Naty también jugaba con nosotros. Nos bajábamos la bombacha y Nehuén nos miraba. Naty a veces se sentaba en el piso. Yo no, nunca. Me quedaba paradita porque me daba miedo de que se me meta un bicho en la cola.

Una vez nos pintamos todo el cuerpo con marcador. Y bajamos del cuarto, corriendo desnudos a la cocina, a mostrarle a nuestras mamás que se pusieron a los gritos.
¡Los marcadores tienen plomo! ¡el plomo se les mete en la sangre y no sale nunca más! ¡es venenoso, peligroso, tóxico! gritaban. Y nos metieron a los tres en la bañadera.

Nehuén gustaba de Naty. Cuando estábamos los tres juntos, yo quedaba de lado. Ellos jugaban a asustarme por los pasillos. Me dejaban sola en el Cuarto oscuro. O se escondían de mi. La hermana más grande de Naty, jugaba a casarlos. Y yo miraba.
En mi casa, cuando estaba sola, lloraba. Cuando estaba con ellos, me hacía la canchera. La que no tenía vértigo, la que no se asustaba.

Naty esquiaba y conocía el mar. Iba a clases de equitación. Tenía la casita de los PIN Y PON y una muñeca de Rainbow Brite. Y a los nueve años fue a Disney. A Naty la aburría que yo leyera. Y cuando le contaba cosas me decía: no te hagas la que sabes todo.

Ella le tenía miedo a las gallinas, cuando nos mandaban a juntar huevos, entraba yo sola al gallinero.

Nos disfrazábamos. Jugábamos a la casita en el bosque y a las hermanas, ella siempre quería ser la más chica y llamarse Lali. Cuando yo cantaba ser Lali. Ella no quería jugar más.

Quizás no me gustaba nada estar con ella, pero como sus papás eran amigos de los míos nos juntaban a jugar todo el tiempo.

A los 10, Nehuén y Naty se pusieron de novios y yo gustaba de Juán. Y empezamos a hacer fiestas. Jugábamos a la botellita, al semáforo y a verdad consecuencia. Nos dábamos piquitos. Una de las consecuencias que te podían tocar era hacerte la ahogada y que Nehuén o Juán te hicieran respiración boca a boca. También jugábamos al Ludo, y cada vez que perdías tenías que sacarte una prenda así íbamos quedandonos todos semidesnudos frente al tablero.

A los 11 los papás de Juán se fueron a vivir a San Marcos Sierra en Córdoba. Él volvía a Bariloche en verano.

Ese año nos dejaron ir con Naty a nuestra primer matinée en la escuela 365, un tipo de fiesta que organizaban las madres para juntar fondos para el viaje de egresados, nos llevó su mamá a las 7 de la tarde y nos pasó a buscar a las 12 de la noche. Nos vestimos juntas en su casa, yo tenía un jean elastizado. Esa noche dimos nuestro primer beso con lengua. Yo con Guido y ella con Andrés. Sonaba el tema ¨
La ventanita del amor ¨. Cuando volvimos a su casa no nos podíamos dormir y hablamos hasta el amanecer.

Cuando teníamos 12 años, en un programa de televisión local que se llamaba Hora Libre al cual asistían a competir todos los 7mos y 5tos años de Bariloche para ganarse el viaje de egresados, me peleé definitivamente con Naty. A mi me tocaba competir en las preguntas y respuestas. Íbamos ganando cuando me preguntaron cuál era el pájaro bobo y yo conteste el pájaro carpintero, pensando en el Pájaro loco, pero era el pingüino. Ella empezó a decir que habiamos perdido por mi culpa.

De su lado se pusieron todos mis compañeros y dejaron de hablarme.

A mitad de año entró a la escuela una chica nueva, sus anteojos estaban siempre sucios y usaba una campera de plumas gigante que la hacía parecerce a Michelin. Comía Vauquitas todo el tiempo aplastando el dulce de leche con la punta de los dedos. Era Ailín.

Había vivido en Montreal. Su papá era biólogo y su mamá psicopedagoga. Le gustaba leer y dibujar. Jugaba al Handball tan mal como yo. Y siempre se reía. En el curso la burlaron desde el primer día.

Nuestra amistad empezó por magnetismo. Inevitable y natural. La primera vez que me acerqué a hablarle en el recreo ella tarareaba Strawbery Fields Forever…

A fin de año era mi mejor y única amiga. Sus papás se separaron y se fue a vivir con la mamá a Mar del plata. Nos escribimos cartas cada dos días hasta los 17 años.

El verano después de la pelea con Naty sin querer sometimos a Nehuén a ella o yo. Nehuén iba y venía, no hablaba del tema. Con los años nos separamos cada vez más.

Yo quería casarme con él cuando fuéramos grandes.

Nehuén estudió marketing y volvió a Bariloche a trabajar con el padre distribuyendo suvenirs a los negocios de las ciudades turísticas de la Patagónia: peluches con forma de ballena, llaveros con esquiadores y duendes de parsec que dicen Villa La Angostura. Naty estudió relaciones públicas en una universidad privada en Buenos Aires, volvió a Bariloche a probar la convivencia con el novio y trabajar con el padre. Juán usa campera de jean con corderito, intentó estudiar diseño gráfico, la dejó por el profesorado en educación física en Córdoba capital, trabaja y en pocos meses va a ser papá . Los tres salen a bailar a By Pass, Grisú, Genux y Cerebro.

Cuando me los cruzo en vacaciones de verano en Bariloche, nos saludamos:
¿Cómo estas? ¿Bien? Yo también. ¿Qué estudiás? Filosofía. Ah…
Que sigas bien. Nos vemos, chau.

Siempre me duele un poco y me quedo pensando con algo de tristeza: si yo me acuerdo, ellos tienen que acordarse también.

3 Comments:

Blogger Nicolás Vilela / Damián Selci said...

hola guada
te dejo un beso grande
un testimonio de visita.

11:25 p. m.  
Blogger yo said...

che, no hago tiempo a leer todo.

7:05 p. m.  
Blogger CALANDRINO said...

Los que nos criamos en un departamento entre libros y juegos de mesa te miramos con un dejo de envidia...

4:31 p. m.  

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